Conversación con Ferran Pla

Artículo en ICON, El País, Abril 2026.
Durante el mes de Febrero de 2026 tuvimos una conversación con Ferran Pla para un artículo que apareció en el suplemento impreso ICON del diario El País publicado este mes de Abril. Como el artículo es breve y nuestra conversación fue más extensa he decidido compartir esta versión algo más extendida, ya que creo que algunas cosas interesantes se quedaron fuera.
Quiero dar las gracias a Ferran por su apoyo e interés en el proyecto de Catàleg de Fulles.
Arnau
Ferran: ¿Cómo nace Catàleg de Fulles?
Arnau: El té me interesa desde hace muchos años, y gracias en parte a los fantásticos locales y el contexto local del té, he podido ir descubriendo la inmensidad de su mundo. En Asia tiene muchas caras: está el mundo elitista de la burguesía china, pero también la granja de té, o la tetería comunista de pueblo. En Barcelona tenemos la suerte de tener varias teterías y tiendas de té muy destacables.
Hace unos años dejé de coger aviones, como parte de una postura más política. Ahora, cuando voy a una residencia o a cualquier otro lugar, con un billete de interrail puedo viajar dos o tres semanas por Europa solo por tierra. Esta manera mas dilatada de viajar me da la oportunidad de parar en ciudades como París, Copenhague, en donde sea que pase, y conocer sus teterías, hablar con la gente que las frecuenta... Gracias a esto he conocido personas que llevan espacios, o que hacen sesiones de té en sus casas. Es una cultura muy rica que ha inspirado a Catàleg de Fulles.
Ferran: ¿Qué te diferencia de una tienda gourmet de té?
Arnau: Catàleg de Fulles desde el principio se planteó como un proyecto artístico autogestionado. Mi deseo es liberarlo del formato de tetería clásica o tienda de té, y abrir la práctica del té a otras dimensiones más plásticas, aunque también sociales, y de esta manera acercarlo también a otros contextos que desconocen su dimensión. También me interesa algo más conceptual: cómo la cultura milenaria del té coge una sola planta, la camellia sinensis, y la procesa de tantas maneras que consigue que de un mismo brote aparezcan un sinfín de posibilidades, no solo gustativas, olfativas y de salud, pero toda una cultura alrededor de la relación con esta. Eso me lleva a pensar que a nivel local debería haber maneras de procesar nuestras propias plantas con esa misma lógica.
Por ejemplo, si cogemos una ortiga, aunque no tenga las mismas propiedades que la planta del té, me pregunto qué ocurriría si la procesamos con los niveles de conocimiento que caracterizan el nivel de procesado ancestral que tiene el té en Asia? No soy un experto, ni mucho menos, pero me pregunto si el herbalismo y la cultura de las plantas locales se ha dedicado a probar distintas formas de procesamiento como se ha hecho en China. Si es así probablemente lo hayamos perdido. Me pregunto si sería posible experimentar con plantas autóctonas: cómo podríamos procesarlas. Y, sobre todo, me interesa hacerlo de manera colectiva, en comunidad.

Ferran: ¿Podrías explicar las diferencias entre los principales tipos de té para alguien que no sabe nada?
Arnau: Es más sencillo de lo que parece. La planta del té siempre es la misma. Lo que varía es cómo crece y cómo se procesa. Por ejemplo, un factor importante es la tierra donde crece, la altitud, o si es un arbusto o un árbol.
Se le llama té verde a las hojas más jóvenes, los brotes más frescos; se cogen verdes y se suelen consumir en un periodo corto de tiempo. Es un tipo de té que tiene un efecto refrescante en nuestro metabolismo.
El Puerh, por ejemplo, es un té fermentado que se suele envejecer. De hecho, la idea es que envejezca: hay puerhs de los años cincuenta y sesenta que la gente guarda y cuida como si fueran vinos. A medida que estos envejecen, el sabor cambia. El efecto de este tipo de té, al igual que con los tés negros, es el de calentar nuestro metabolismo.
El Oolong es un tipo de té, tradicionalmente procedente de Fujian, China, aunque muy extendido en Taiwán. La forma de procesarlo es muy compleja, con muchos pasos: secado, oxidado enrollado,tostado… Comprende un espectro muy amplio, se podria decir casi todo aquello que que existe entre un té verde y un té negro. Puede ser muy vegetal o muy tostado, y siempre muy aromático.Para procesarlo es necesaria mucha maestría que a menudo se transmite de generación en generación. Se puede tomar joven (más verde) o envejecido, cada variedad tiene un efecto en nuestro metabolismo debido a su oxidación.
Luego tienes muchos otros tipos de té, que se podrían categorizar de muchas maneras, tés negros (o hong), blancos, amarillos, etc.
Algunos de los tés de Vietnam o Tailandia que vendo vienen de lo que podríamos llamar un bosque de té: hay zonas donde todos los árboles son de té, y hay comunidades indígenas que viven allí, recogen las hojas y las procesan de manera tradicional. Por ejemplo hay tés que se meten dentro de bambú y se tuestan, o se dejan fermentar. Es un mundo enorme.
Todas estas categorías que conocemos en Occidente –verde, negro, blanco, rojo– son en buena parte una fabricación del mercado occidental para comercializarlo a un público que desconoce el producto. En su origen, cada pueblo tiene su propia manera de procesar el té, y muchos de los nombres de los tés corresponden simplemente al nombre del lugar de origen.
Ferran: ¿Qué está más malinterpretado del té desde una perspectiva occidental?
Arnau: Las necesidades del mercado pueden distorsionar mucho. Ahora mismo, mucha gente está bebiendo matcha como sustitutivo del café con leche. Hace poco fui al médico por problemas de estómago y lo primero que me preguntó fue: ¿tomas matcha por la mañana? Parece ser que muchas personas lo han adoptado creyendo que es una alternativa saludable al café, y lo entiendo ya que es delicioso, pero en realidad puede ser intenso para algunos estómagos, sobretodo en ayunas, ya que cuando lo bebemos ingerimos las hojas directamente.
Algunos amigos japoneses me dicen que en Japón el matcha no se toma de manera cotidiana; es algo ceremonial, para ocasiones especiales. Pero claro, ha explotado a nivel global gracias a cadenas como Starbucks. También es interesante tener en cuenta que Japón es una isla pequeña: tanto Japón como China consumen la mayor parte de lo que producen. Es como el aceite de oliva aquí; no necesitan exportarlo, de ahí que para nosotros sea caro. Este boom del matcha ha forzado que China tenga que salir al rescate, con toda su capacidad industrial.
Con eso no me refiero a que todo el té procedente de China proceda de cultivos extensivos,
de hecho, según tengo entendido y contrariamente a la creencia popular: el té chino suele ser más artesanal que el japonés. China tiene una cantidad de tradiciones y maneras de procesar el té que no se acaban nunca.

Ferran: ¿Te interesa el té como ritual o experiencia artística? ¿Es algo que quieras transmitir a los consumidores de Catàleg de Fulles?
Arnau: No tanto, en realidad. He visto que algunas personas, incluso amigas de procedencia asiática, han integrado el té en su práctica artística o musical, y me parece interesante cuando lo hacen ellas. Pero yo tengo un conflicto con ese camino: aunque el mundo del té me apasiona, siento que existe un riesgo de apropiación cultural que me preocupa.
Veo un boom de comunidades procedentes de diversos países no asiáticos teniendo prácticas alrededor del té, que en mi opinión se acercan a una cultura proto-new age, pero parecen más centradas en el consumo de productos de lujo, y el estatus social. Muy a menudo la cultura del té se representa de este modo a través de las redes sociales, lo cual me resulta problemático ya que fomenta un elitismo alrededor del té y no tanto un acercamiento desde las prácticas colectivas o comunitarias.
Por otro lado, yo también tengo que lidiar con el conflicto que a veces me genera, importar tanto producto procedente de tan lejos, la cual tampoco es la práctica más sostenible. Pero el capitalismo nos pone en un lugar donde debemos navegar nuestras contradicciones, y aunque es importante encontrar un balance, creo que no hay que dejar de lado la ética. Mi idea para Catàleg de Fulles es tomar el té como punto de partida, e ir integrando otras cosas poco a poco.
Ferran: ¿Cómo te planteas colaborar con el mundo del arte desde el proyecto?
Arnau: Desde el principio me he imaginado el proyecto como un espacio para que artistas visuales o músicos empiecen a colaborar. El otro día hablaba del proyecto con un escultor veterano, y me propuso: 'Yo te hago una tetera'. Perfecto. Otra compañera escultora me dijo que quiere hacer unas tazas. Me gusta esta manera orgánica y abierta de trabajar, y me interesa la flexibilidad y espacio de experimentación que abre la unión del contexto artístico con la cultura del té, el cual tiene tantas dimensiones –performativas, materiales– que me parece un territorio rico.
Pero mi deseo es que la colaboración no pierda esa dimensión de hábito cotidiano, y mantenga un espacio abierto, que pueda llegar a un público más amplio, y que no se cierre a ningún contexto concreto.

Ferran: ¿Catàleg de Fulles es un proyecto artístico o un negocio?
Arnau: Es un proyecto artístico, y también tiene una dimensión política y social. Obviamente tiene una parte comercial porque si no no se sostendría, pero para mí lo central es lo otro. Y es importante que sea así porque lo veo como algo que puede evolucionar y metamorfosearse dependiendo de muchos factores externos.
No me imagino simplemente exportando té toda la vida. Lo veo como un principio, un punto de partida. El nombre Catàleg de Fulles es deliberadamente abierto: 'fulles' en catalán significa hojas, pero también páginas. Mis intereses, obviamente van más allá del té y la idea es que desde este punto de partida se puedan sumar otras cosas.
Ferran: ¿Cómo ha evolucionado tu práctica artística en los últimos años y cómo encaja el té en todo eso?
Arnau: Hacia 2015 llegué a un bloqueo muy fuerte debido la situación de policrisis que atraviesa la humanidad, y desde entonces han sido muchos años de bloqueo intentando acercarme a las prácticas artísticas desde un lugar que tenga sentido para mi. Las maneras que he ido encontrando son estas: hacer cosas que puedo disfrutar con más gente, ir buscando dentro cuales son las verdaderas motivaciones. Los ejercicios estéticos pueden interesarme, pero no son lo central. Compartir me motiva.
Desde 2012 coordino una plataforma de autoedición que se llama Anòmia, con la que trabajaba con muchos artistas de fuera. Llegó un momento en que entré en crisis con el producir un objeto tras otro. En esos momentos estaba trabajando en un proyecto basado en el decrecimiento y me concedieron una ayuda de investigación para darle la vuelta a Anòmia, y así empecé a trabajar en darle una dimensión ecosocial, más colectiva. Por otro lado, me siguen interesando los formatos físicos porque considero que le dan otro espacio a la obra, fuera de las plataformas digitales, la idea se convierte en algo que sobrevive al artista. Pero el problema de la sobreproducción es real: empezamos editando 500 copias de algo y si no seguimos las lógicas que dicta el mercado, acabamos con estanterías llenas sin saber qué hacer con ellas.
Ahora el espíritu del proyecto busca más crear grupos de trabajo, de ayuda mútua, y acciones colectivas. Cuando me invitan a hacer algo expositivo, a menudo el primer pensamiento que me atraviesa es: ¿cómo puedo colectivizarlo?
Con el té voy en esa misma dirección. Es una manera de unir todo: la práctica, la comunidad, la dimensión espiritual –que llevo de manera más privada– y lo político. Es como encontrar un ritmo y un espacio que tiene sentido.
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Fotos: Violeta Mayoral
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